sábado, 19 de diciembre de 2015

EL CEREBRO DE ANDREW. E. L. Doctorw. Día 28 de enero de 2016


Critica del suplemento Babelia de "El País". 16 de octubre de 2014

La conciencia bajo sospecha

Alejándose de los escenarios históricos y colectivos, E. L. Doctorow, siempre al borde del riesgo, se centra en la introspección individual en una obra cautivadora y brillante



Doctorow jamás le ha importado asumir riesgos como el de escribir lo que le viene en gana aceptando que sus muchos y fieles lectores puedan acusarle de haber traicionado su estilo, de haberse salido del raíl que eligió aceptando un presunto descarrilamiento que, desde luego, no es tal. El neoyorquino, que dada la desaparición de Updike y Mailer, la jubilación voluntaria de Philip Roth y el prolífico desgaste de Joyce Carol Oates, podría estar más cerca del Nobel, se ha alejado en su última novela de sus maravillosas manipulaciones de la ficción histórica en El libro de Daniel (1971), acerca del caso Rosenberg y de la izquierda política en EE UU; Ragtime (1975), la historia de Nueva York entre 1900 y la Primera Guerra Mundial (con Freud, JP Morgan y Houdini colándose en su imaginación), o La gran marcha(2005), que recrea la operación militar del general Sherman en las postrimerías de la guerra civil americana.
En El cerebro de Andrew abandona el escenario histórico y se centra en la conciencia humana en estos tiempos revueltos de paranoias e incertidumbres, esto es, prefiere la introspección individual a la prospección colectiva. Tiene por lo menos un precedente en su novela coral La ciudad de Dios (2000), otro ejercicio singular de reflexión espiritual, un punto alegórico y absurdo pero ahíto de creatividad pese a verse ciertamente alejado de tentaciones comerciales, pero no cabe la menor duda de que constituye un punto de inflexión en su exigente e impecable trayectoria. Doctorow se expone con un tratamiento que alguien tildará de abstruso porque combina psicología, metafísica y altas dosis de especulación acerca de la confusión del simulacro, la conciencia bajo sospecha y la deleble demarcación que separa la memoria inventada de una realidad engañosa. Y Doctorow se arriesga con una técnica mixta dominada por el monólogo confesional, un poco a la manera de Lolita, de El guardián entre el centeno, de Roth en El mal de Portnoy, de Tabucchi en Se está haciendo demasiado tarde o de Memoria deelefante, de Lobo Antunes, y afinada con la conflictiva conciencia dubitativa y el desvalimiento de la fracasada identidad del protagonista, que tal vez a algún lector le recuerde El hombreduplicado, de Saramago, y que es probable que al propio Doctorow le recuerde a Moses Herzog del maestro Saul Bellow. De ambos desafíos sale más que airoso porque escribe como pocos y porque sólo publica cuando cree valioso lo que escribe. Roth sintetizó y trascendió su narrativa acostumbrada desde Everyman (2006), atenuando su sarcasmo y refugiándose en la meditación disfrazada de ficción; Auster escribió toda una alegoría de la creación para connaisseurs,Viajes por el Scriptorium (2006), espléndida pero extraña obra conceptual que sucedió sin ambages a una novela “para todos los públicos” y fuerza comercial como Brooklyn Follies (2005), que sí era un Auster químicamente puro. Doctorow tampoco se aferra a fórmulas convencionales de autor-marca y escribe sin ataduras a su propio estilo.

La conciencia de Zeno, de Italo Svevo, sin diván ni psicoanálisis militante, pero con un posible psiquiatra destinatario del monólogo de Andrew, que interrumpe aquí y allí para tratar de que las digresiones cesen y vuelva la trama al redil, deviene La conciencia de Andrew. Una novela fuertemente verbal y retórica, en la que el discurso apenas interrumpido, enmarañado y ambiguo parece redimir a su protagonista a la vez que desconcierta felizmente a un lector que disfruta transitando el laberinto mental del científico cognitivo Andrew, atrapado en un lugar ignoto entre incontables espejos que reflejan su conciencia convirtiéndola en un caleidoscopio. Andrew no es un narrador fiable, es un mistificador, un embaucador. Habla para reencontrarse, perdido como está en los entresijos de su mente. Explica que su joven esposa Briony murió, que su bebé huérfano lo condenó a un malestar imperecedero, que el marido de su exmujer Martha lo perturba, que se implicó en asuntos de Estado. Regresa a esos mismos traumas, no alcanza a dejar de sentirse culpable, actúa de funámbulo entre la verdad y la ficción. El lector piensa en la prevalencia del discurso sobre la historia, en que el protagonista hace tiempo que ha dejado de ser Andrew y ha pasado a ser el cerebro humano y su distópico paisaje de encrucijadas y enigmas. Y entonces se pierde en su discurso renqueante y tramposo, desasosegante y seductor a partes iguales, como la novela en sí, que a algunos les parecerá demasiado abierta o falsaria, y otros, en cambio, aplaudirán su densidad y su congruente extravagancia. En cualquier caso es psíquica, conjetural, cautivadora, brillante. Tantalizing, diría Andrew.
Señor Doctorow, dígale de nuestra parte a su atormentado Andrew que se mejore, aunque su patología nos ha cautivado… tal vez porque tarde o temprano, en esta sociedad desquiciada, será también la nuestra.
El cerebro de Andrew. E. L. Doctorow. Traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla. Miscelánea-Roca Editorial. Barcelona, 2014. 174 páginas. 16,90 euros

LOS LIBROS MÁS QUERIDOS; O SALVADOS DE LA QUEMA; O LLEVADOS A UNA ISLA DESIERTA

César Garzón nos invitó a que cada asistente a la tertulia propusiera dos libros para hacer una lista y comentar sobre ella en la sesión de la Tertulia del día 17 de diciembre. Un libro sería el que salvaría de la quema de toda la producción de la humanidad, y otro el que se llevaría a una isla desierta. Hubo quien apuntó, además, aquel que le hubiese emocionado más. Y hubo también quien no se atrevió a elegir porque no habría sido justo dejar otros libros maravillosos fuera de la lista.




Está es la relación final. No hay una prelación por importancia. Están relacionados tal como fueron llegando. Los más citados fueron Cien años de Soledad y La Biblia. El debate fue tan animado que nos dieron las 12,30 sin darnos cuenta. Lo tuvimos que dejar porque el restaurante tenía que cerrar. Una noche inolvidable y mágica.




  1. CIEN AÑOS DE SOLEDAD. Gabriel García Márquez
  2. LA BIBLIA
  3. LOS SANTOS INOCENTES. Miguel Delibes
  4. EL CUARTETO DE ALEJANDRÍA. Lawrence Durrell
  5. RAYUELA. Julio Cotázar
  6. DON QUIJOTE. Versión de Andrés Trapiello
  7. LA PERLA. John Steinbeck
  8. 1984. George Orwell
  9. EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS. Naguib Mahfuz
  10. MADAME BOVARY. G. Flaubert
  11. LA CIUDAD SIN TIEMPO. Enrique Moriel
  12. MISERICORDIA. Benito Pérez Galdós
  13. LAS UVAS DE LA IRA. John Steinbeck
  14. EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO. Carson McCullers
  15. MEMORIAS DE ADRIANO. Margeritte Yourcenar
  16. SEDA Alessandro Baricco
  17. GERMINAL . Émile Zola
  18. UN AMOR DE SWAN. Marcel Proust
  19. RIMAS Y LEYENDAS. Gustavo Adolfo Becquer
  20. NADA. Carmen Laforet
  21. HISTORIA DEL SABER. Charles van Doren
  22. POEMAS. Ángel González
  23. MANUAL DE SUPERVIVENCIA
  24. EL VENDEDOR MÁS GRANDE DEL MUNDO. Agustine Og Mandino
  25. MARTÍN FIERRO.  José Hernández 
  26. INTEMPÈRIE. Joaquín Carrasco
  27. MI PEQUEÑA PLANTA DE LIMA. José Mauro de Vasconcelos
  28. EL ALQUIMISTA. Paulo Coelho
  29. LA METAMORFOSIS. Franz Kafka
  30. VEINTICUATRO HORAS EN LA VIDA DE UNA MUJER. Stefan Zweig
  31. ENSAYOS. Michel de Montaigne
  32. MARTES CON MI VIEJO PROFESOR. Mitch Albom
  33. ROBINSON CRUSOE. Daniel Defoe
  34. LAS AVENTURAS DE HUCKLEBERRY FINN. Mark Twain
  35. EL TESTAMENTO DE MARÍA. Colm Tóibín
  36. EL HOMBRE QUE AMABA LOS PERROS. Leonardo Padura. 


Durante la Tertulia se habló de salvar los clásicos: ILIADA, ODISEA, SHAKESPEARE, DOVSTOIESKI, TOLSTOI, STHENDAL DICKENS, CLARÍN, PLA, ESPRIU  y muchos más.

viernes, 18 de diciembre de 2015

CHESIL BEACH. Ian McEwan. 26 de noviembre de 2015

Chesil Beach
Jueves 26 de noviembre

Presentado por Ghislaine 

Ian McEwan (67 años)

(ver entrevista en Babelia 1252 del sábado 21/11/15 coincidiendo con la publicación de “La ley del menor” en Anagrama. Anterior entrada de este blog)

Junto con Julain Barnes (El loro de Flaubert), Martin Amis (El libro de Raquel), Salman Rushdie (Hijos de la medianoche), Kazuo Ishigoro  (Lo que queda del día) y Kureishi (El buda de los suburbios) forma parte de los autores del boom de los años 80 y que el editor de Anagrama Jorge Herralde bautizó como el British Dream Team.

De la entrevista:

“La felicidad es escribir a solas todo el día sabiendo que disfrutarás de una compañía agradable al caer la noche”

Caminar es una manera de estar exactamente donde estás, lleno de placer en el momento inmediato”
“…andar en un paisaje con dos copas de vino tinto te hace sentir que el mundo es tu salón”

Sobre su madre y su influencia: “tenía una imaginación prodigiosa para el desastre”

Edad: “Cuando aprendes a vivir, cuando le coges el truco, tienes que hacer el check-out. Toda una serie de signos menores, como un dolor de espalda hasta la pérdida de pelo están ahí recordándote que hay una bala que va hacia ti y no vas a esquivarla. Así que más vale utilizar bien ese tiempo que te queda”

Chesil Beach

Edward y Florence se acaban de casar esta misma mañana y ahora están cenando en el hotel en el que pasarán la noche de bodas, delante de la playa de Chesil, frente al canal de la Mancha.
Estamos a principios de los años 60 y para ellos todo es desconocido, los dos son vírgenes i la noche, como el resto de la vida que han prometido pasar juntos, se presenta llena de expectativas, miedos e inseguridades.

Algunos temas que surgieron durante la tertulia:

- La época (años 60 en Inglaterra):
UK pierde su imperio, estamos en guerra fría, empiezan los movimientos antinucleares y la píldora apenas era una leyenda que venía de América (p.50)

¿Cómo afecta a los personajes?

Los personajes viven en un tiempo al que no pertenecen o no quieren pertenecer (contemporáneos anacrónicos).

Se sitúan en un pliegue de la historia: No comprenden del todo las normas  puritanas de la Inglaterra  de esa época pero tampoco comprenden los cambios que se avecinan.

- La falta de comunicación:
Son personajes marcados por la ignorancia ( incapacidad para leer los signos)
Aunque aparecen algunos apuntes íntimos, son personajes que tienen poca relación con su mundo interior.
Han interiorizado unos códigos por los modelos de vida en que han sido educados.
¿Por qué se acogen a las normas con tanta docilidad?
Las normas eran iguales para todos. Lo que parecía una imposición, se va convirtiendo a lo largo de la novela en una coartada. Su inmadurez no se puede extrapolar al resto de la sociedad.

El punto de vista de la novela va evolucionando hacia una perspectiva cada vez más íntima.

Es una novela del DESPERTAR. No tienen más remedio que enfrentarse a una situación y extraer unas consecuencias. Se ven obligados a reflexionar.

El sexo
El autor recuerda que hay personas que pertenecen a sus mismos ambientes que han solucionado su vida sexual de otro modo o sea que la influencia de la presión exterior no parece ser tan grande.
El asco de Florence: p. 17, 38 (la lengua, cuando se besaron, signos), p.101 (una quería…otra)…
Del te adoraré con mi cuerpo al “mejor decir que estaba asustada a reconocer aversión o vergüenza”
“La crencia de los padres de la época de que podían robarles la virginidad y desaparecer”

Diferencias entre los personajes:

Es una novela irónica. Plantea con casi todo una relación en espejo: clases sociales diferentes, música diferente, padres diferentes, educación…
¿pero qué se interponía? … poca cosa en definitiva (p.109)

… porque las cosas podrían haber sido de otra manera

Gustos musicales:
Edward: John Mayall, Alexis Korner, Brian Knight…
Florence: Beethoven, Schuman, Brahms, Bartok, Britten…

IAN McEWAN. El provocador Jubilado

Babelia 13 de octubre de 2015

Se ha hecho mayor, qué duda cabe. En los años setenta, Ian McEwan era el joven rebelde que escandalizaba a la impertérrita literatura inglesa con su debut Primer amor, últimos ritos, esa colección de ficciones sobre psicópatas e incestos. Con el tiempo, se disfrazó de amante demente en Amor perdurable, sacó de paseo a los sabuesos violadores de Los perros negros y se pasó 30 páginas descuartizando un cadáver para El inocente. Una perita en dulce, vaya.
Pero quien busque a ese obseso del morbo y la lascivia, no lo encontrará en La ley del menor. El Ian McEwan de hoy es un elegante caballero que reflexiona sin amenazar, sentado en un sillón de su club, con un escocés en la mesita.
La protagonista de esta historia, la jueza de familia Fiona Maye, no vive entre psicóticos peligrosos, sino entre sesudos códigos legales. No atiende casos penales, sino conflictos interculturales. Y su principal problema íntimo es precisamente la ausencia de intimidad. O, ya puestos, de cualquier emoción. Fiona está a punto de llegar a los 60 y dedica toda su energía a su trabajo. No ha tenido hijos. Su matrimonio naufraga en la rutina. Al comenzar la novela, su esposo le anuncia que desea tener una aventura con una jovencita, porque ya no puede más de aburrimiento.
La Razón siempre ha obsesionado a McEwan. Prefiere de protagonistas a intelectuales capaces de poner orden en el caos de la biología cerebral (Sábado), el medio ambiente (Solar) o las intrigas políticas (Operación Dulce), tipos brillantes y esclavos de su propia inteligencia. Fiona Maye mantiene la línea. En su historia, la Razón se enfrenta a la Fe.
Mientras su matrimonio se hunde, el juzgado de Fiona recibe el caso de un adolescente testigo de Jehová que padece leucemia y necesita una transfusión urgente. Pero el chico, debido a sus creencias religiosas, se niega a recibir la sangre. Le toca a la jueza decidir si los médicos deben inyectarle la vida contra su voluntad, es decir, si una persona tiene derecho a morir por sus convicciones o si el Estado puede forzarla a actuar racionalmente.

Como un veneno, a lo largo de su carrera, los temas de McEwan han ido atravesando la epidermis y acercándose al cerebro. Lo mismo ha ocurrido con su prosa. Ciertamente, a este autor nunca le ha interesado la pirotecnia. No le atrae el divertido virtuosismo de su compañero de generación Martin Amis, capaz de colocar 12 seudónimos de “pene” en la misma frase. Tampoco tiene la imaginación de Kazuo Ishiguro, que se mueve con la misma soltura en la ciencia ficción o en un cuento de hadas. Lo de McEwan siempre ha sido realismo directo y austero, sin experimentos. Aun así, en sus primeros trabajos, McEwan ponía el acento en la tensión narrativa. Algo terrible siempre estaba a punto de ocurrir. Alguien iba a sacar una navaja para cortarle las bragas a alguien. En cambio, conforme se adentra en el siglo XXI, su estilo va regresando al XIX.
La escritura de La ley del menor consiste en una larga enumeración de detalles sobre la Administración de justicia en Reino Unido, la habitación del hospital, el mueble bar de Fiona o los horarios de los funcionarios. La exposición puede volverse exasperante, quizá porque McEwan trata de hacernos vestir el traje gris de su protagonista, o quizá simplemente porque ya no le interesa escandalizar. Se ha jubilado como provocador para asumir el papel de conciencia moral de su sociedad, igual que uno deja de ser un alegre soltero y empieza a llenar la declaración de la renta.
Y sin embargo, aunque ya no lleve un cuchillo entre los dientes, McEwan se mantiene fiel a sus esencias. Si en el siglo XX el tabú era el sexo o la historia oculta de Occidente, hoy el tabú es la Fe: esa pulsión ilógica que hace a la gente actuar de modo extraño… O poner bombas.
La Europa de hoy es Fiona Maye, esa funcionaria racional que cumple todas las normas, pero se siente insatisfecha consigo misma, se enfrenta a gente que no entiende y se pregunta si sus herramientas conceptuales bastarán para sobrevivir. Con su historia, Ian McEwan vuelve a meter el dedo en la llaga y retiene el título de gran explorador de nuestros miedos.

La ley del menor. Ian McEwan. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2015. 216 páginas. 17,90 euros

viernes, 27 de noviembre de 2015

CONFESIÓN Y TEMOR

1.-¿Qué libros te llevarías a una isla desierta?. Es una pregunta tradicional en la que se supone, no se muy  bien como, que se tiene la intendencia resuelta y que se trata sólo de mirar el mar, escuchar las olas, pasear por la playa o los bosques vírgenes que la rodean...Y puesto que los días tienen 24 horas, saturados de naturaleza tan admirable, nos entrarían ganas de recuperar lazos con la civilización que hasta ahora nos ha llenado la mente. En este supuesto se trata de escoger dos libros que cumplan esa misión el mayor tiempo posible ya que el tiempo de vida Robinson  puede ser largo e incluso para siempre jamás...

 2.-Entre nosotros puede haber grandes aficionados al bricolage, la construcción, la caza, la pesca e incluso la agricultura . Entonces no necesitarían libros. Tengo mis dudas de que esto sea así. En un viaje a Francia hace unos meses, visitando un castillo, había un árbol gigante, maravilloso, con las bellotas bien visibles, la guía, por otro lado culta y encantadora, no tenía ni idea de que aquello era una encina. Esto me hace pensar que el urbanita moderno difícilmente puede llenar sus días con actividades manuales y de supervivencia. No obstante admitamos ese supuesto. Entonces se trataría de salvar los dos libros más apreciados de nuestros estantes, porque se incendia la casa, D.n.l.q., nos embargan o desahucian, D.t.l.q.

En el  caso 1º se trata de una aventura utópica, romántica, el resto de nuestros libros ahí quedan a la espera de un posible regreso, no generan sufrimiento. Me apunto.

En el caso 2º se produce un drama : los libros no escogidos van a perecer, a desaparecer de nuestra vida.   ¿ Voy a dejar morir a los Salgari, Verne, Stevenson, Mark Twain de los 10-12 años?. Y a Tarzán , Walter Scott, Conan Doyle, London, etc...Y un poco más adelante a  El guardián entre el centeno, David Copperfield, La vida nueva de Pedrito de Andía . Y un paso más, los primeros Delibes y Cela y Tiempo de silencio y La peste y un infinito y García Márquez, Vargas Llosa, etc... ¡ Santo Dios! : Tolstoy, Dostoyewski, Chejov, Flaubert, Stendhal, Galdós,Eca de Queirós, El Gatopardo. Qué sería de mí sin Saul Bellow, los Roth (Joseph, Phillip y Henry), mi colección de Thomas Mann, Yourcenar, Jünger, Stefan Zweig, Conrad, los hermanos Singer, Andrés Trapiello y mi adoración reciente Marilynne  Robinson. ¡Basta!.¡Basta!. Es como si una perversa Inquisición me fuera arrancando pedacitos de carne uno tras otro hasta dejarme los huesos mondos y el corazón como a San Sebastián : lleno de flechas. ¡Qué pesadilla!.
( Por lo menos, haría alguna trampa : escondería debajo de la camiseta El silencio de Goethe , la última noche de Schopenhauer de nuestro amigo Antonio Priante y me lo aprendería, concepto a concepto, frase a frase).

Así que pensad, pensad. Veremos como salís bien librados de esta.

César.

P.D. D.n.l.q : Dios no lo quiera. D.t.l.q.: Dios tampoco lo quiera.
Para post modernos : Dios es ese señor que estaba antes ahí.

domingo, 25 de octubre de 2015

EL SILENCIO DE GOETHE. Antonio Priante

A raíz de la presentación de “El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Shopenhauer” que tuvo lugar el pasado 13 de octubre en Llibrería Documenta y a la que asistimos con cariño algunos de nosotros, he revisado mis notas sobre una breve presentación, que a su vez hicimos en nuestra tertulia, la noche que tuvimos el placer de comentar esta interesante novela:


Lo primero que se me ocurre cuando termino “El silencio de Goethe” es si estamos ante una novela sobre los últimos dias del filósofo Arthur Schopenhauer o bien ante un ensayo divulgativo del pensamiento de este filósofo. La segunda cuestión que me planteo es donde acaba la voz de Schopenhauer y empieza la voz de Priante ya que ambas se entremezclan con tanto acierto que nos cuesta discernir entre ficción y filosofía. Evidentemente en las últimas 20 páginas la narración cede terreno al conocimiento con la intención de aproximar al lector a la obra de este gran pensador y de su teoría filosófica.

Es un libro fácil de entender, pero no fácil de leer si se quiere captar la esencia de conocimiento compendiada en estas 140 páginas y por tanto requiere, o una lectura lenta y reflexiva de cada linea, o una doble o triple lectura.

Que es una novela, no cabe duda, y supongo que ahí es donde se encuentra mayoritariamente el trabajo de Priante. El relato del filósofo hablando consigo mismo o con su perro Butz haciendo balance de su vida ahora que empieza a vislumbrar que está llegando el final, resulta interesante, divertido, elegante. Conocemos el carácter y la personalidad de Schopenhauer a través de estas conversaciones y nos resulta tan creíble que nos parece que es el propio filósofo el que está hablando y que el novelista se ha limitado a recomponer las notas de algún diario secreto del mismísimo Arthur y lo ha utilizado para fantasear sobre este sesudo personaje tan de carne y hueso.

Las características de su personalidad se muestran de forma mucho más vehemente en la juventud y no son ciertamente demasiado halagüeñas. Nos parece un hombre egoísta, inmaduro emocional, mesiánico, prepotente. Nadie está a su altura, él es el único poseedor de la verdad absoluta, aquella que nace del genio creador que solamente poseen determinadas personas gracias a su intelecto y también a unas circunstancias especiales, ya que el genio para desarrollarse ha de estar libre de ataduras materiales y emocionales.

En ningún momento se cuestiona a si mismo la importancia o la validez de su razonamiento. Llega al final de su vida viviendo en una soledad sinceramente buscada y aceptada, sintiéndose razonablemente satisfecho consigo mismo. Mantiene hasta el final, y. con los ánimos ya calmados como corresponde a su edad, una visión pesimista del mundo así como la permanente e inquebrantable determinación de la voluntad que perpetua la necesidad de continuar a costa de lo que sea y cuya única forma de liberación se halla, momentáneamente en el arte, y de forma irrevocable en algunas almas cuando alcanzan un estado sublime de separación de lo real y lo terrenal.

De su desprecio no se salva nadie pero el principal objeto del mismo son los intelectuales: académicos, universitarios, y el grupo de filósofos. Según sus palabras, son vulgares bípedos que se dejan arrastrar por las corrientes de modernidad, o de patriotismo, o por su necesidad de medrar. La relación con la madre es conflictiva y quizá de ella deriva su misogínia. Compara el colectivo femenino con otros subgrupos de la especie, si bien reconoce que individualmente se pueden encontrar ejemplares válidos e incluso excepcionales.


Con todos estos antecedentes nos podría parecer un hombre antipático y desagradable, sin embargo, la maestría del escritor hace que nos parezca simplemente humano, sujeto a las mismas tribulaciones y las mismas pasiones que cualquier mortal. La especial relación con la madre le mantiene en un prolongado estado de inmadurez. La figura del padre, a veces incluso confundida con la de Goethe, es valorado como progenitor, cabeza de familia, buen gestor en su ámbito, hombre admirado y querido. Pero por encima de todos, el poeta Goethe, único pensador con el que mantendrá durante toda su vida una infantil y frustrante dependencia emocional al no conseguir una opinión aduladora de toda su obra y principalmente de “El mundo como voluntad y representación”, aunque esta frustración, según palabras del propio Antonio, responde más a la imaginación del autor y al leit motiv de la novela que a fuentes documentales veraces.